Le examiné asustada, posando la mirada con fijeza en la mesa de madera astillada sobre la que se apoyaba mientras miraba la noche despejada por la ventana.
-No, no he notado nada ¿había algo que notar?
-Eres verdaderamente ineficiente y..., me atrevo a añadir, que una mema redomada.
Tu puta madre. Pensé mientras me acercaba lentamente a la ventana, intentado explorar el paisaje y buscando algún dato de alguna asignatura que me hubiera preparado para esto. No, no era tonta, ahí afuera no había cambiado nada, ni siquiera una brisilla que pudiera tirar una hoja del ciprés.
Posé la mano sobre el frío cristal y rápidamente se formó la huella de mi mano y su aureola con esa neblina tan graciosa. Llevaba metida en esa casa de mierda desde hacía dos meses, por suerte ya no tenía que pagar nada: 3.000 euros de matrícula lo cubría todo.
El señor Eduardo Llanero era uno de los jefes de departamento más galardonados de toda la universidad, nunca me dio clases pero nos hacían leer textos de él acerca de complicadas ecuaciones económicas mundiales y la repercusión del aleteo de un billete de un dolar en una ola gigante en el medio de Rusia. O algo de eso... yo me bajaba el resumen de los textos de patatasbravas o del rincón y a tomar viento fresco. Cuando comencé Económicas no me gustaba, como a casi todo el mundo en mi clase -bien cierto que teníamos dos excepciones con jerseis de rombos granates -pero luego fui descubriendo ese maravilloso mundo de lo oculto, de la gestión tras el telón, la mano que mece la cuna ¡se observa el movimiento pero no quien lo mueve! y así funcionan nuestros días, así que terminé enamorada de mi carrera y pagando 3.000 euros por el mejor máster que se ofertaba.
Ojo, conseguir que el señor Eduardo Llanero te acepte no es nada fácil. Hace test de aptitud, te pide comentarios de noticias de periódicos en otros idiomas, recomendaciones de profesores y son cientos de alumnos de todas las universidades de Europa los que optan por ese puesto. Y fíjate como son las cosas... que me tocó a mi.
El máster en gestión de recursos económicos de cara a los nuevos siglos sólo aceptaba a un alumno por vez, el señor Eduardo alquiló una casa en un pueblo del sur de la Comunidad Valenciana, bastante cutre por cierto, y nos dedicamos a vivir allí, sin más. Pocas veces me habló ni me dio ningún seminario. Cuando se dignaba a dirigirme la palabra era para repartirnos las tareas del cuchitril o para algunas de sus frases lapidantes:
-Debes fijarte en todo, anotarlo en tu mente. Cada gesto, cada palabra mía es el ejemplo que debes seguir.
-La matemática de la esencia está en las cosas que a los memos se les escapan. Hay que abrir los ojos, mimetizarlos con el número eterno.
-Las cosas valen lo que se cree que valen, y como cambien, lo que valía cambia de lugar y tu y yo aquí sin hacer nada. Como la vajilla de Napoleón.
Y yo no entendía nada, lo único que podía ver era una pizarra enorme con un 3.000 bien grande en tiza blanca y yo llorando delante, porque eso era lo que yo iba a ver de todo el máster... Aunque digo yo que el renombre lo ganaré ¿no?.
Golpeó los dedos contra la mesa, en señal de desaprobación.
-No, no, no, no, jovencita -pestañeé con fuerza, para no darle un puñetazo a la mesa. - Se ha perdido algo importante, un hecho que cambia el curso de la historia ¡estábamos aquí para eso y ha tenido los huevos de perdérselo!. Querida, acaba de perderse, el fin del mundo.

¿El fin del mundo? Pero si no ha cambiado nada.
Exacto.






